El arte aleja de la verdad mientras no esté subordinado a la filosofía.
La tesis formulada arriba contiene una idea planteada por Platón en La República. Veamos por qué el arte no puede quedar abandonado a sí mismo, sino que tiene que estar subordinado a la filosofía. ¿Qué "posee" la filosofía?
Retrocedamos a un escrito algo anterior a La República, al Menón, para refrescar el concepto de Anamnesis, que nos ayudará a responder a estas preguntas.
Todo el eje vertebrador del diálogo lo constituye la pregunta que Menón hace a Sócrates al comienzo: "¿se puede enseñar la virtud, o no se puede enseñar, pero se puede adquirir mediante el ejercicio? ¿O no se adquiere ni con ejercicio ni con enseñanza, sino que corresponde a los hombres por naturaleza o de algún otro modo?"
Por tanto, la cuestión principal aquí es el concepto de virtud y la manera de adquirirla.
Sócrates conduce gradualmente a Menón de una manera característica de su método, es decir, como una comadrona en el conocimiento del saber, ayuda a que "nazca" el pensamiento en su interlocutor. Así, mediante preguntas sucesivas, Sócrates va demostrando que Gorgias, cuya comprensión de la virtud comparte Menón, divide la virtud en distintas virtudes para hombres, mujeres, niños, esclavos, etc. Compara esta situación con una gran colmena, en la que cada abeja es distinta, pero algo hace, sin embargo, que cada una sea una abeja. Platón se remite aquí a su concepción de lo Uno y de los Entes matemáticos, que conocemos sobre todo por sus "doctrinas no escritas". Pregunta, por tanto, qué tienen en común las virtudes de todos los hombres. Aquí Menón enumera distintas partes de la virtud, como la justicia o la valentía, después la fuerza para gobernar, etc. Así se perfila la dialéctica utilizada por Platón: Menón afirma que la esencia de la virtud es una parte de ella, aunque no es consciente de que habla solo de una parte y no de la esencia misma de la virtud. Sócrates se lo demuestra mediante una estratagema. Compara el problema de definir qué es la virtud con la pregunta de qué es la figura. Después, a petición de Menón, responde él mismo a la pregunta de qué es la figura, diciendo que es lo único, entre todas las cosas, que siempre acompaña al color. La respuesta no satisface a Menón, que pregunta: ¿y si alguien nunca ha visto un color, para él no existe la figura? Entonces Platón da la respuesta adecuada, llamando límite a la esencia de la figura. Menciono esto porque, como se verá después, la primera respuesta se caracterizaba deliberadamente por su imprecisión. Entonces Menón se ve obligado a responder qué consideraba Gorgias que era la virtud.
Tras las concepciones de la virtud previamente descartadas mediante la dialéctica, Menón dice ahora: "yo llamo virtud a que quien desea la belleza pueda obtenerla". Entonces Sócrates pregunta si quien desea la belleza desea también el bien. Cuando Menón confirma que así es, Sócrates le ayuda a llegar a la conclusión de que "nadie quiere lo malo si no quiere ser así él mismo", y por tanto "la virtud es el poder de procurar bienes". Menón querría quedarse ahí, pero Sócrates decide examinar si tal comprensión de la virtud concuerda con la verdad. Así, ayuda a Menón a concluir que la virtud es actuar conforme a una parte de la virtud, porque acumular bienes materiales exige de nuevo una parte de la virtud para que esos bienes traigan provecho. Entonces Menón descubre que no se puede saber qué es una parte de la virtud si no se conoce la virtud misma. Descubrimos para qué debía servir el rechazo de la respuesta incorrecta sobre la figura: "porque en ella se intentaba responder mediante algo que todavía se estaba buscando y sobre lo cual aún no había acuerdo". Por eso, explica Sócrates, no se puede decir qué es la virtud explicando una de sus partes, del mismo modo que una parte de la figura era el color, que resultó insuficiente para explicar la esencia de la figura. "¿Qué se supone que es la virtud?", pregunta entonces Sócrates. Menón, al no encontrar respuesta, se rinde, afirmando que no sabe nada sobre la virtud y que es imposible llegar a saberlo, señalando la influencia de Sócrates como alguien que, sin tener nada, despoja a los demás; sin tener conocimiento, se lo quita a otros. Entonces Sócrates apenas aborda la cuestión de la opinión que tienen las personas y de lo lejos que está de la verdad. Sócrates se declara dispuesto a seguir buscando la esencia de la virtud. Y es precisamente en ese momento cuando llegamos a la Anamnesis.
Menón pregunta, resignado: "¿Y cómo vas a buscar junto conmigo, Sócrates, aquello de lo que no sabes en absoluto qué es? Pues ¿cuál de esas cosas de las que nada sabes vas a proponerte buscar? Porque, aunque dieras justamente con ella, ¿cómo sabrías que es precisamente aquello que no conocías?". Al leer el diálogo se tiene la impresión de que Sócrates sabía desde el principio cómo se desarrollaría y le daba forma libremente para lograr alguna toma de conciencia.
Precisamente después de esa pregunta propone una idea demoledora sobre la reminiscencia, de doble carácter: mítico y dialéctico. El lado mítico lo constituye el hecho de que deriva su concepción de la creencia en la inmortalidad del alma, contenida en la mitología griega, la creencia de que el alma muere para volver a nacer y volver a morir, sugiriendo la doctrina de la metempsicosis. A continuación afirma que, al recorrer todo ese camino, el alma asimila conocimiento y verdad. También sostiene, respondiendo a la pregunta verdaderamente sofística de Menón, que el alma puede conocer lo que no sabe mediante la reminiscencia (anamnesis). Sin embargo, en el diálogo Sócrates es plenamente consciente de que su conclusión tiene carácter mítico y no se basa en una experiencia dialéctica, por lo que realiza un "experimento mayéutico" mediante el cual obtiene un material probatorio extraordinario. Ordena al esclavo que sirve a los interlocutores que responda a las preguntas que le va haciendo. El esclavo responde a todas sin error, naturalmente gracias al excelente dominio que tiene Sócrates de ese método de orientación. Así, el esclavo acaba resolviendo una complicada ecuación matemática que, como persona sin formación y sin conocimiento de los teoremas de Pitágoras, no habría podido resolver. Esto demuestra, según Sócrates, "que los extrajo de su interior, de su alma, que los recordó'. Al final del diálogo, Platón vuelve a la conversación con Menón, esta vez sobre la diferencia entre opinión y conocimiento, y entonces se menciona claramente y queda plenamente nombrada la opinión, cuya importancia ya había sugerido antes. El diálogo termina sin responder a la pregunta: ¿qué es la virtud?
Pues bien, quizá, en realidad, dejar la respuesta en suspenso no signifique en absoluto que no haya respuesta. Es posible que el propio concepto de anamnesis remita, de hecho, a la esencia de la virtud, porque remite al conocimiento. Es posible que todo el Menón sea una pregunta que Platón hace plantear a Sócrates y a Menón, a nosotros como lectores, sobre si la virtud no será, en esencia, reminiscencia.

Según esta concepción, sería cierto que también la belleza es reminiscencia y, en realidad, todos los entes inteligibles serían precisamente Anamnesis. Esto indicaría más bien un proceso que un estado. También son precisamente un proceso ese différer de Derrida o las reflexiones similares de Deleuze. Es posible que, al hablar hoy de un giro en el pensamiento platónico, se haya omitido un detalle esencial, el detalle de que la Anamnesis es un germen. La Différance es solo una relación entre entes, su referencia recíproca entre sí; ¿acaso la Anamnesis no es una relación semejante entre la verdad y quien conoce la verdad? ¿No es además ese límite lo que es aquella tensión en el discurso dialéctico de dos personas que discuten? El Différer entre sus posiciones confrontadas dialécticamente, en el camino hacia aquello que emerge de ese Différer, es decir, al igual que de la Anamnesis, en el camino hacia el conocimiento.
Desde esta perspectiva, la filosofía contemporánea no ha roto con la Díada platónica, sino que únicamente ha llamado la atención sobre algo que Platón ya parecía sugerir, aunque no lo nombró ni lo describió, lo que a su vez sigue siendo el único argumento a favor de la "novedad' de la concepción actual de la deconstrucción. Platón, sin describir esta concepción, simplemente la utilizaba en la práctica filosófica, señalando así a los artistas la dirección que debían seguir. Al atribuir todo esto a Platón, quiero decir que se trata de un hecho, de un modo u otro, incluso si Platón hacía de alguna manera inconsciente aquello que sugiero que hacía. En última instancia, sin embargo, ocurrió.
Es hora, por tanto, de pasar a la tesis formulada al principio, según la cual el arte aleja de la verdad mientras no esté subordinado a la filosofía, y de examinarla. Allí también pregunté qué hace que la filosofía esté por encima del arte. Creo que es precisamente esa capacidad de revelar la verdad mediante el método de la dialéctica mayéutica, cuando se hace posible la anamnesis para quienes participan en tal proceso. La filosofía es, por tanto, la base del arte que quiere desprenderse de la pura mímesis. El arte no tiene que ser copia de una copia, sino que puede, y creo que de hecho lo hace, revelar la verdad y ser un portal hacia ella, constituyendo al mismo tiempo un artefacto en el que la verdad se encuentra directamente. En este sentido resulta comprensible la crítica del arte que hace Platón, porque no quería ver el arte como aquello que imita lo que imita, ni siquiera como aquello que imita lo imitado, y quizá intuía que su esencia es revelar lo que es imitado por el mundo material. En cualquier caso, daba esperanza al arte al proclamar abiertamente que su única salvación, desde el punto de vista de la verdad, es subordinarse a la filosofía.
Soy consciente de que mis reflexiones tienen un carácter decididamente más individual que científico, respaldado por argumentos y referencias al pensamiento filosófico y estético de la historia, pero también sé que la forma del presente razonamiento no lo permite, debido a la extensión que necesariamente tendría que adoptar aquí para resultar suficientemente creíble. Solo me queda, por tanto, lanzar puras especulaciones en la dirección así señalada.
Es inevitable decir también cuánto coincido con casi todo el Pensamiento platónico y cuánto le debo. Quiero señalar asimismo que leer el Menón y estudiar filosofía en general puede resultar tanto más fascinante si no se lo trata únicamente como una curiosidad, sino que se hace el esfuerzo de profundizar en ella. Sé bien, además, que el pensamiento que desarrollo aquí seguramente puede encontrarse, y se encontrará, con una crítica severa, con un contraargumento, como sucede en todo el proceso dialéctico; pero ¿no se trata precisamente de eso, de llegar así al conocimiento, abriendo espacio para la Différance / Anamnesis?